La historia detrás de De Orilla

DEORILLA-ES

Alexander Velazquez

6/12/20265 min leer

¿Por qué escogí el nombre “De Orilla” ? La pregunta parece sencilla, pero cada vez que intento responderla descubro que la respuesta es más compleja de lo que imaginé al principio.

Podría decir que siempre he amado el océano. Que disfruto caminar por la playa, bucear, recorrer senderos o contemplar las estrellas. Todo eso es cierto, pero no explica por completo lo que De Orilla significa para mí. La realidad es que este proyecto comenzó mucho antes de que existieran una página web, una cámara o una cuenta de Instagram. Comenzó con una manera particular de ver el mundo.

Crecí en Puerto Rico, rodeado por el mar. Como muchos niños que crecen en una isla, el océano era simplemente parte de la vida cotidiana. Estaba presente en los viajes familiares a la playa, en los recorridos por la costa y en esos momentos en que nos deteníamos a mirar el horizonte perderse en la distancia. Sin embargo, con el paso de los años comencé a notar algo que antes se me había escapado: la orilla nunca era la misma. Un lugar que había visitado apenas unas semanas antes podía parecer completamente transformado. La arena se había desplazado, las olas llegaban de otra manera y las mareas habían remodelado el paisaje. Incluso la luz podía cambiar por completo la personalidad de una playa. Aquello que parecía permanente estaba cambiando constantemente.

Esa observación, aparentemente sencilla, me acompañó durante toda mi vida. Mientras más observaba la naturaleza, más evidente se hacía que el cambio no era la excepción, sino una condición permanente de la existencia. Nada permanecía inmóvil. Ni las costas. Ni los océanos. Ni los ecosistemas. Ni las personas.

Recuerdo especialmente los días después de los huracanes. En Puerto Rico, los huracanes forman parte de nuestra memoria colectiva. No son simplemente fenómenos meteorológicos; son experiencias que dejan huellas duraderas tanto en el paisaje como en quienes las vivimos. Después de una tormenta fuerte, muchas veces íbamos a la costa para ver qué había cambiado. Aquellas visitas dejaron una profunda impresión en mí. Playas enteras parecían haber desaparecido. Árboles que habían permanecido allí durante años ya no estaban. El mar había reclamado algunos tramos de costa mientras nuevas extensiones surgían en otros lugares. Casas habían sufrido daños o se habían perdido. Esas experiencias me enseñaron una lección que todavía llevo conmigo: la naturaleza posee un poder transformador mucho mayor que cualquier ilusión de control que podamos tener.

Pero la orilla también me mostró otro lado de la naturaleza. Después de la tormenta llegaba la calma. Había días en que el océano parecía respirar lentamente y el sonido de las olas creaba una sensación de paz difícil de describir. Sentado junto al agua, podía pasar largos ratos simplemente observando. No hacía falta nada más. En esos momentos comprendí que el mismo lugar capaz de mostrar una fuerza inmensa también podía ofrecer una tranquilidad profunda.

Años más tarde estudié ingeniería y desarrollé una carrera profesional dedicada a comprender sistemas complejos, evaluar riesgos y analizar cómo distintos elementos interactúan entre sí. Aprendí a buscar relaciones, patrones y conexiones. Sin darme cuenta, esa forma de pensar comenzó a influir en mi manera de observar la naturaleza. La orilla dejó de ser simplemente un paisaje hermoso. Se convirtió en un sistema fascinante donde el viento, las corrientes, las mareas, la geología, los organismos vivos y la actividad humana interactúan continuamente, produciendo cambios visibles e invisibles. Todo estaba conectado. Nada ocurría de manera aislada.

Con el tiempo comprendí que nuestras vidas funcionan de una manera muy parecida. Con frecuencia atribuimos los grandes cambios a un solo acontecimiento, cuando en realidad suelen ser el resultado de innumerables experiencias acumuladas con el tiempo. Una conversación, una decisión aparentemente pequeña, una oportunidad inesperada o una pérdida pueden cambiar el rumbo de nuestra vida. Así como una playa cambia grano a grano, nosotros cambiamos experiencia tras experiencia.

Mientras tanto, mi curiosidad continuó llevándome por otros caminos. Comencé a explorar senderos, montañas y bosques. Descubrí que caminar tiene algo profundamente transformador. Cuando avanzamos despacio por un sendero, lejos del ruido de la vida cotidiana, comenzamos a notar detalles que de otra manera pasarían desapercibidos. La mente se aquieta. La atención se expande. El recorrido deja de ser solamente un desplazamiento físico; se convierte en una oportunidad para observar, reflexionar y aprender.

Algo parecido sucede cuando levantamos la mirada hacia las estrellas. Hay noches en que el cielo parece no tener fin. Desde una playa oscura, lejos de las luces de la ciudad, la Vía Láctea puede extenderse de horizonte a horizonte. En esos momentos es imposible no sentir asombro. Pensamos en las distancias que separan las estrellas, en los miles de millones de años de historia cósmica y en lo pequeños que somos frente a tanta inmensidad. Paradójicamente, nunca he encontrado ese sentimiento desalentador. Todo lo contrario. Me recuerda que formamos parte de algo extraordinariamente vasto y hermoso.

Con los años llegué a comprender que explorar el océano, recorrer los grandes senderos de la Tierra y contemplar las estrellas son distintas expresiones de una misma búsqueda. Las tres despiertan curiosidad. Las tres nos recuerdan que existe mucho más de lo que podemos ver a simple vista. Las tres nos invitan a explorar lo desconocido.

Quizás por eso siempre me he considerado un explorador, no porque haya llegado a lugares extraordinarios, sino porque sigo siendo curioso. También me considero un científico humilde, porque mientras más aprendo, más consciente soy de todo lo que todavía desconozco. Y, de alguna manera, también encuentro una dimensión espiritual en esa búsqueda. No necesariamente una espiritualidad vinculada a una religión específica, sino ese sentido de conexión que surge cuando nos encontramos frente a algo más grande que nosotros mismos y reconocemos nuestro lugar dentro de ello.

Fue al reunir todas estas experiencias que finalmente comprendí el verdadero significado de la orilla.

Con el tiempo descubrí que la orilla, en realidad, no es una playa.

La orilla es donde vivo.

Es el espacio entre Puerto Rico y Maryland. Entre mis raíces y los caminos que todavía sigo recorriendo. Es el punto de encuentro entre la ingeniería y la naturaleza, entre la razón y el asombro, entre la ciencia que busca comprender y la espiritualidad que busca significado. Es donde la seguridad de lo conocido se encuentra con la curiosidad por lo desconocido. Es el espacio entre quien he sido durante más de dos décadas de vida profesional y quien todavía estoy descubriendo que puedo llegar a ser.

Quizás por eso este proyecto se llama De Orilla. Porque no describe simplemente un lugar geográfico. Describe una manera de ser. Una manera de transitar por la vida reconociendo que siempre estamos en transición: siempre aprendiendo, explorando y transformándonos.

Porque la orilla no es simplemente donde termina la tierra o donde comienza el océano.

La orilla es donde los mundos se encuentran.

Y donde nosotros también nos transformamos.