La mentalidad del ingeniero

BUCEANDO COMO UN INGENIERO

Alexander Velázquez

6/21/20267 min leer

No me volví curioso porque me convertí en ingeniero. Si acaso, me convertí en ingeniero porque era curioso.

Mucho antes de estudiar termodinámica, mecánica de fluidos o análisis de riesgos, era un niño que crecía en Puerto Rico y pasaba incontables horas al aire libre. El océano siempre estaba cerca. La orilla se convirtió en una de mis primeras aulas. Recuerdo observar cómo las olas transformaban la playa después de las tormentas, cómo las corrientes arrastraban algas y residuos, y preguntarme por qué el océano se veía diferente de un día para otro. No tenía idea de que aquellas observaciones tuvieran algo que ver con la ingeniería. Simplemente me fascinaba comprender cómo funcionaba el mundo.

Esa curiosidad me acompañó durante toda mi vida. Como nadador competitivo, comencé a interesarme por la eficiencia y el movimiento a través del agua. Como salvavidas e instructor de natación, aprendí a prestar atención a las personas, a las condiciones y a las señales sutiles de problemas antes de que se convirtieran en emergencias. Más adelante, como ingeniero, aprendí métodos formales para analizar sistemas, comprender la incertidumbre y evaluar el riesgo. Con el tiempo, el buceo reunió todas esas experiencias de una manera que nunca había imaginado.

Durante muchos años pensé que la ingeniería era, principalmente, una profesión. Era algo que las personas estudiaban en las universidades y practicaban en oficinas, laboratorios e instalaciones industriales. Sin embargo, cuanto más reflexionaba sobre mis experiencias bajo el agua, más comenzaba a cuestionar esa idea. Empecé a darme cuenta de que las cualidades que más admiraba en los buzos excepcionales no eran únicamente sus destrezas técnicas. Eran sus formas de pensar. Los mejores buzos eran observadores. Percibían pequeños cambios en las condiciones. Hacían preguntas. Mantenían la humildad. Se adaptaban cuando las circunstancias cambiaban. Aprendían de los errores. En muchos sentidos, hacían exactamente lo que hacen los ingenieros.

Quizás la diferencia sea que los ingenieros reciben una formación formal para desarrollar estos hábitos, mientras que otras personas los adquieren a través de la experiencia. Sin embargo, esa manera fundamental de pensar nos pertenece a todos.

Esta idea se hizo aún más clara durante una inmersión reciente. Las condiciones no eran particularmente difíciles. La visibilidad era menor de lo esperado, pero todavía manejable. Nuestro grupo estaba compuesto por buzos con distintos niveles de experiencia y todos llevaban una cámara. En ese momento, parecía un detalle menor. Después de todo, la fotografía submarina es uno de los grandes placeres del buceo. Nos permite capturar momentos que pocas personas llegan a experimentar y compartir con otros la belleza del mundo submarino.

A medida que avanzaba la inmersión, la visibilidad fue deteriorándose gradualmente. La arena fina suspendida en el agua reducía el contraste y acortaba nuestro campo de visión. Los buzos comenzaron a concentrarse más en fotografiar la vida marina y menos en mantener conciencia de la distancia entre los miembros del grupo. Nadie cometió un error grave. Ningún equipo falló. No ocurrió ninguna emergencia. Sin embargo, poco a poco, las condiciones fueron cambiando. Las distancias aumentaron. La atención se fue estrechando. Finalmente, una parte del grupo se separó del resto.

Todos salimos a la superficie de manera segura y, en muchos sentidos, aquello podría haberse descartado como una inmersión sin incidentes. Pero después me encontré pensando en lo que había sucedido. No porque algo hubiera salido mal, sino porque quería comprender qué había ocurrido y por qué.

Las preguntas comenzaron a multiplicarse. ¿Cuánto contribuyó la reducción de la visibilidad a la separación? ¿El uso de cámaras aumentó la carga de tareas y redujo la conciencia situacional? ¿Estábamos operando bajo diferentes supuestos acerca de cuál era una separación aceptable entre los miembros del grupo? ¿Habíamos discutido previamente procedimientos claros en caso de separación? ¿Qué habría ocurrido si la visibilidad hubiera sido un poco peor? ¿Y si la corriente hubiera sido más fuerte? ¿Y si, al mismo tiempo, uno de los buzos hubiera tenido un problema con su equipo?

Estas no eran preguntas para buscar culpables. Eran preguntas nacidas de la curiosidad. Eran intentos por comprender un sistema.

Eso, comprendí, es fundamentalmente lo que es la ingeniería.

La ingeniería suele asociarse con ecuaciones, tecnología e infraestructura. Sin duda, todo eso forma parte de ella. Pero debajo de los cálculos existe algo mucho más sencillo. La ingeniería comienza con la observación. Comienza haciendo preguntas. ¿Por qué ocurrió esto? ¿Qué factores contribuyeron al resultado? ¿Qué supuestos estamos haciendo? ¿Qué estamos pasando por alto? ¿Cómo podrían cambiar las condiciones en el futuro?

Estas no son preguntas exclusivas de la ingeniería. Son preguntas humanas.

Cuando un niño desarma un juguete para descubrir cómo funciona, hay un ingeniero presente. Cuando un pescador aprende a interpretar los patrones del tiempo, hay un ingeniero presente. Cuando un excursionista estudia un mapa antes de adentrarse en un terreno desconocido, hay un ingeniero presente. Cuando un buzo ajusta su plan en respuesta a condiciones cambiantes bajo el agua, hay un ingeniero presente.

El océano tiene una extraordinaria capacidad para revelar ese lado de nosotros mismos.

Cada inmersión es un encuentro con la incertidumbre. Las condiciones rara vez se desarrollan exactamente como esperamos. La visibilidad cambia. Las corrientes varían. La vida marina aparece donde menos la esperamos. El equipo se comporta de manera diferente a como lo hizo durante la inmersión anterior. Entramos al agua con un plan, pero debemos comparar constantemente ese plan con la realidad. En muchos sentidos, cada inmersión se convierte en un pequeño experimento.

Recopilamos información antes de entrar al agua. Hacemos predicciones sobre cómo podrían ser las condiciones. Una vez bajo el agua, contrastamos esas predicciones con nuestras observaciones reales. Adaptamos nuestras decisiones según lo que vamos aprendiendo. Después de la inmersión, reflexionamos sobre el resultado e incorporamos esas lecciones a futuras inmersiones.

Los investigadores de la educación describen este proceso como "aprendizaje experiencial", un ciclo de observación, acción, reflexión y adaptación (Kolb, 1984). Los científicos lo reconocen como parte del método científico. Los ingenieros lo consideran mejora continua. Los buzos simplemente lo llaman experiencia.

Las etiquetas pueden ser distintas, pero el proceso sigue siendo sorprendentemente similar.

Una de las lecciones que el océano nos enseña una y otra vez es la humildad. A la naturaleza no le importan nuestras certificaciones, nuestro nivel de experiencia ni nuestra confianza. Las leyes de la física funcionan de la misma manera para todos. La presión del agua aumenta de forma predecible con la profundidad. Los gases se comportan de acuerdo con principios bien establecidos. La atención humana continúa siendo limitada, independientemente de cuán hábiles creamos ser.

Esta humildad es una de las razones por las que encuentro el buceo tan gratificante. El entorno submarino nos recuerda constantemente que el aprendizaje nunca termina. Siempre hay algo más por comprender. Siempre existe otra variable que considerar. Siempre hay otra perspectiva que quizás hayamos pasado por alto.

En ingeniería, los accidentes rara vez se atribuyen a una sola causa. Investigadores que estudian los factores humanos y la seguridad organizacional han encontrado que los incidentes suelen surgir de la interacción entre múltiples condiciones y decisiones pequeñas, en lugar de un único error catastrófico (Reason, 1990). El buceo no es diferente. Un cambio en la visibilidad puede no ser significativo por sí solo. Tampoco lo es llevar una cámara. Ni una pequeña separación del grupo. Sin embargo, cuando varios factores pequeños interactúan simultáneamente, el resultado puede ser muy diferente.

Reconocer estas interacciones requiere curiosidad y conciencia. Requiere que pensemos más allá de los acontecimientos individuales y consideremos los sistemas.

Cuanto más buceo, más convencido estoy de que el pensamiento sistémico puede ser una de las destrezas más valiosas que un buzo puede desarrollar. No porque nos convierta en ingenieros, sino porque nos ayuda a ser observadores más reflexivos de nuestro entorno. Comenzamos a reconocer las conexiones entre las condiciones, las decisiones, los comportamientos y los resultados. Dejamos de concentrarnos tanto en encontrar explicaciones simples y comenzamos a interesarnos más por comprender la complejidad.

Esta perspectiva va mucho más allá del buceo. Influye en la manera en que abordamos el senderismo, la fotografía, los viajes, la conservación e incluso la vida cotidiana. Nos impulsa a formular mejores preguntas. Nos recuerda que la incertidumbre no es necesariamente un problema que debamos eliminar, sino una realidad que debemos aprender a comprender.

Quizás por eso la orilla continúa inspirándome. La orilla es un lugar de transición. Es donde la tierra se encuentra con el mar, donde la certeza se encuentra con la incertidumbre, donde lo conocido se encuentra con lo desconocido. De pie frente al océano, recordamos tanto nuestras limitaciones como nuestra capacidad para aprender.

Lo mismo ocurre bajo el agua.

Cada inmersión ofrece una oportunidad para observar, cuestionar, reflexionar y crecer. Cada inmersión nos enseña algo sobre el océano y algo sobre nosotros mismos. Estas lecciones no están reservadas para científicos, ingenieros o buzos profesionales. Están disponibles para cualquiera que esté dispuesto a prestar atención.

Al mirar hacia atrás, ya no veo la ingeniería simplemente como una profesión o como un conjunto de destrezas técnicas. La veo como la expresión de algo profundamente humano: el deseo de comprender, la disposición a hacer preguntas, la humildad para reconocer lo que no sabemos y la disciplina para aprender de la experiencia.

Esas cualidades existían mucho antes de que obtuviera un título de ingeniería.

Existían cuando era nadador, cuando trabajaba como salvavidas, cuando aprendí a bucear por primera vez y cuando me encontraba en las playas de Puerto Rico preguntándome por qué el océano nunca se veía exactamente igual dos veces.

Sospecho que existen dentro de todos nosotros.

El océano simplemente nos ayuda a recordarlo.

REFERENCIAS:

  1. Endsley, M. R. (1995). Toward a theory of situation awareness in dynamic systems. Human Factors, 37(1), 32–64.

  2. Kolb, D. A. (1984). Experiential learning: Experience as the source of learning and development. Prentice-Hall.

  3. Reason, J. (1990). Human error. Cambridge University Press.